Nuevo día bajo el (inexplicable y más que bienvenido) sol parisino. 25ºC, manga corta y chaqueta colgando del bolso, por lo que pueda pasar. Hoy Montmatre.
Caminando por las calles de París, cada vez alucino más con esta ciudad. Como dijo mi gran amiga Marta, “la multiculturalidad no está en el Fòrum de Barcelona 2004, sino en la parada de metro de Fondo”. Y aquí pasa lo mismo. Caminando hacia Montmatre, pasamos por bares judíos, llenos de hombres con su “kipá” (el casquete que llevan en la coronilla, gracias Wikipedia), al lado de tiendas de ropa china, comida árabe, supermercado ruso y boulangeries con brioches de lo más francés.
Desde el famoso carrusel de Amélie, subimos hasta el Sacré Coeur, por unas escaleras llenísimas de gente, que te fuerzan a hacer un slalom entre cantantes, malabaristas, vendedores ambulantes de cerveza (éstos llegan a cualquier rincón del mundo, pero no son tan graciosos como los de nuestras playas) y turistas. Si te sientas en estos escalones tienes entretenimiento para 3 ó 4 horas, o lo que te aguante el culo en la dura piedra. Por lo visto, la basílica del Sacré Coeur es así de blanca porque la piedra de la que está hecha suelta un calcio cuando llueve que hace que sea aún más blanca. Y doy fe de ello, porque las zonas resguardadas de la lluvia tienen una buena capa de roña negra. ¿No comentaba que son muy listos y lo tienen todo pensado?
Las callejuelas del barrio de Montmatre parecen sacadas de un cuento, un poco Port Aventura, como si todo fuera falso y lo hayan montado así, con los carteles gastados en las fachadas, las casas pintadas de colorines, flores, cafés, pintores, un acordeón sonando de fondo… parque temático al 100% (qué triste comparar la ficción con la realidad, no? A veces me siento un poco en Matrix…) Pero vamos, super bonito. Estos momentos en los que respiras profundo y deseas que ese instante se quede en tu retina para siempre.
Vale, me estoy agilipollando un poco.
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