París es una pasada.
Éste podría ser el resumen de todo lo que escriba en adelante. Obviando el famoso carácter francés, los precios, el tráfico... es decir, todo lo que pasa y acaba cambiando o muriendo; si desaparecieran -por rodaje de una película o por un holocausto nuclear- las chicas con boina de medio lao, los pintores de Montparnasse, los puestos de crêpes, los coches pitando por la Place de l'Étoile... y se quedaran sólo las calles y los edificios, seguiría siendo algo descomunal. Es como si hubiesen tenido mucho espacio para ponerlo todo.
Sé que tal vez sea fruto de mi incultura y haya muchas más ciudades así, pero todo es tan grande (¿verdad, Carlitos?) y tan extenso que no deja de sorprenderme. Por el hecho de tener tanta historia a sus espaldas y acontecimientos relativamente recientes (hace dos días vi Inglorious Bastards, y aunque sea de dudosa veracidad histórica, anda que no pillaron los franceses en la 2ª Guerra Mundial), podría estar todo más destrozado, más inacabado, menos preparado para el deleite. ¡Y nada más lejos!

Hoy me ha tocado el Arco de Triunfo, ordenado construir por Napoleón por el año 1800, para hacerse el chulo y celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz (lo he leído en la guía, está claro). Mide 50 metros de alto, está lleno de relieves con imágenes de soldados y especies de ángeles guiando a la guerra, reyes, bustos, estatuas, nombres de ciudades conquistadas grabadas en los arcos y un montón de detalles arquitectónicos que no sé cómo se llaman... pero lo que me ha robado el corazón es un escaloncito alrededor de todo el monumento, a medio metro del suelo aproximadamente, para que el turista se pueda sentar un rato a comprobar lo cansado que está. No he podido dejar de preguntame "¿Esto ya lo puso Napoleón?" Pero como mi guía National Geographic a tanto no llega, me he limitado a susurrar mientras me sentaba: "Como diría P Tinto: Qué moderno todo y qué bien pensao".
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