No he hablado de mis clases de francés. Estoy encantada con ellas. El profe, un señor calvo y con gran parecido al calvo de la Lotería Nacional, que la suerte te acompañe, es un crack. No sólo sabe francés al dedillo (sino vaya gracia) sino también sabe inglés e italiano, según he podido apreciar. No me extrañaría que supiera también alemán. Ah, de castellano ni papa, eso sí. Y no sólo nos enseña francés, sino también cultura francesa: ciudades, lugares, historias, curiosidades… Y es que cómo mola escuchar a alguien que sabe de lo que habla y tiene cuentos para todo, ¿verdad?
Los alumnos somos de lo más variopinto. Desde Masako, de 62 años, prototipo de japonesa por excelencia; a Lila, una polaca más pesada que una vaca en brazos, pero divertida; pasando por William, un estadounidense con un acento americano que parece que esté pidiendo una doble cheese burguer cuando habla en francés. Ha habido mucho movimiento: he visto ingleses, irlandesas, ucranianas, rusas, alemanas, mexicanos, búlgaros, eslovacos, israelitas… vaya mareo. Debería buscar en el mapamundi dónde están e ir aprendiendo algo de los países, porque sólo sé preguntar…¿y qué tal el clima? Pfff….
Y hoy, no sé si por casualidad o con todas las intenciones, me he sentido un poco gipsy. Estábamos hablando de los bohemios: de su origen, de su porqué, de su manera de vestir… y por lo visto, al principio se vestían un poco como los gitanos.
Pues al decir gitanos, ¡¡el profe me ha mirado y señalado, para mi gran estupefacción!!
Y el colega de la cheese burguer de mi lado se ha quedado con la copla y me ha regalado una sonrisa de misericordia.
Pues eso, que vengo a tu casamiento, a romperme la camisa, la camisita que tengo…
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